miércoles, 4 de noviembre de 2009

Breve historia de La Radio

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Nació en la década de los veinte, pero la historia de su concepción es una suerte de delirio de físicos, y de concesiones del Premio Nobel. El honor de la primera emisión en directo recae en Argentina y en Wagner, cuando la Panafalia colmaba oídos en el Coliseo de Buenos Aires, y viajaron los acordes al otro margen del Atlántico. Las ondas de la radio habitaron, poco a poco el planisferio, y hacían resonar perdidos los ecos, del grito tardío de socorro y sin remedio del telégrafo del Titanic. En España, un poquito más tarde, brotó la primera emisora: Radio Ibérica fue un grupo de frikis, que pasaban el rato fabricando aparatos de radio. Era costumbre española durante la República ir a los casinos y a los bares a comentar las apariciones de los políticos. Y por aquel entonces, el primer concurso de la radio concedió un premio de doscientas pesetas al acertante del título de un cuplé. Ya en la Guerra cada bando hizo suyas las estaciones de radio, difundiendo la esperanza de sus ideales, y de paso el miedo a las ideas de sus rivales. También reservaron un espacio entre sermón y discurso, a la búsqueda de parientes desaparecidos. Todo un detalle. Hubo unas pocas emisoras musicales que no fueron devoradas por la política. Y fue así que en los compases de la espera del fuego enemigo, apostados en las trincheras, los combatientes hallaron la evasión del dolor. Y hallaron los hogares españoles, la melodía de la esperanza. La guerra se fue apagando poco a poco, con sus vencedores y vencidos, y rodaba el éxito de la telegrafía sin hilos, cuando por fin llegó a España, tardanero como siempre, el aparatito mágico. Simplificador de ondas para consumo propio, caprichoso y ostentoso a partes iguales, no cayó muy bien la novedad en un país que estaba hambriento de pan, donde no había campo sin tractor, ni hortera sin transistor. Hambriento de pan y hambriento de libertad estaba el pueblo español, y al calor de la insurrección llegaba el clamor de la Radio Pirenaica, emisora clandestina del partido comunista cuyas leyendas situaban en la frontera de Huesca con Francia y cuya procedencia real estaba un poquito más lejos, allá por Moscú. Su discurso en la postguerra se opuso a la emisora financiada por la CIA, legal según el Ministerio de Guerra: la que colmaba la frecuencia de anticonceptivos comunistas, para gusto del Dictador, se llamaba Radio Liberty, con toda osadía. Y se hizo la Tele. Y ni el último demente creyó en la salvación de la radio,¿Por qué iban a existir juntos dos medios con el mismo fin? Si el tren hizo desaparecer la diligencia, el televisor haría lo propio con la radio. Pero ella no desapareció, y en la contienda de medios por el control ideológico, sigue hoy en día a pie de combate. Será que la tele se ha especializado demasiado en lavarnos el cerebro, y de vez en cuando a los seres humanos nos gusta descansar de no pensar. .

2 comentarios:

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Anónimo dijo...

Mmmmm... cocinitas y tiramisús aliñaditos con radio3. Miénteme que te ha inspirado, que siempre me hace ilusión ;)

Faltas hasta en la sopa co*

L.

ruben dijo...

La tele es un habitante intruso en nuestras vidas pero la radio es nuestra companiera de la convivencia

 
 

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